Cincuenta y un poemas cortos de los hispanomexicanos

Últimos poetas del exilio

(Ensayo de antología)

Ray Luna Rodríguez

Prólogo o del destierro

Cuncta potest igitur tacito pede lapsa vetustas

Praeterquam curas attenuare meas.[1]

En un artículo titulado «Martí: exilio y emigración», explicaba Carlos Ripoll que existe una considerable diferencia entre el emigrante y el desterrado que es conveniente conocer. A saber, que el primero, abandona voluntariamente su país y, aunque logre establecerse en otro, jamás renuncia al deseo de un día retornar al propio; el segundo, por otra parte, es expulsado de su patria a causa de una voluntad ajena a él o por alguna «imperiosa necesidad». Y es esa voluntad ajena —añadía— la que decide cuándo puede o no volver. De resolverse a regresar sin —y aun con— el permiso de dicha voluntad, debe estar preparado para sufrir todo tipo de humillaciones. También señala Ripoll que muchos hombres se ven obligados a emigrar como resultado del hambre y la injusticia a que sus gobiernos los someten, lo cual semeja una especie de castigo. Así, el emigrante se marcha siempre animado por la esperanza. Sin embargo, al exilio sólo se puede ser empujado por la fuerza. Además —nos dice el eminente martista—, el emigrante suele asimilarse al nuevo lugar con menos trabajo que el desterrado. Y aunque la religión, las costumbres y la comida se las llevan ambos a doquiera que vayan, en la casa del exiliado hay dizque un «luto escondido».
Vale la pena preguntarse si Carlos Ripoll, como desterrado que era, hablaba por experiencia propia. Es de suponer que sí. La idea del exilio como algo fatídico es lugar comunísimo en el pensamiento occidental. Naturalmente, los cubanos no nos libramos de ese perro negro. En la decimonónica centuria nuestros dos desterrados más famosos, José María Heredia y Heredia y José Martí, ya escribían versos bajo la inspiración del exilio. (Heredia, su inmortal Himno del desterrado; Martí, sus Flores del destierro, a los que él mismo llamó «versos atormentados y rebeldes, sombríos y querellosos».)
Es probable que ninguno de ellos usase a menudo el término «exilio», que introdujo en España —según dice Corominas—, el cuatrocentista Juan de Mena. (Nos informa Ripoll que Martí, por ejemplo, suele usar el término emigrado o emigración para referirse a su calidad o a la de los exiliados cubanos radicados en Tampa y Cayo Hueso.) En el Tesoro de Covarrubias (Luis Sánchez impresor, 1611) no aparece el término «exilio». En cambio, sí el término desterrar, que es «echar a uno de su tierra, es pena ordinaria de vagamundo, y de gente perniciosa». En el mismo lema aparece desterrado, o sea, «el echado de la patria»; y también destierro o «la privación de estar en la tierra». No obstante, lo que quiero destacar es el curiosísimo hecho de que don Sebastián de Covarrubias anotase allí mismo un artículo para la figura que hoy conocemos por el nombre de autoexilio o exilio voluntario, a saber, «desterrarse uno». Esto es, «dejar de su voluntad su tierra para no volver jamás a ella». Valga agregar que el vocablo exilio, por otro lado, no pudo acreditarse en España sino a partir de 1939.
El caso es que, a juzgar por lo que Ripoll dice y por las connotaciones tradicionalmente negativas del término, debió ser muy vergonzoso para José Martí figurar en calidad de desterrado. A tal grado que, durante una escala en Nueva York a través de un viaje que hiciera de España a México en enero de 1875 —en el Manifiesto del capitán del barco así consta—, se hizo pasar por un músico italiano que supuestamente tenía la intención de residir en aquella ciudad; y lo hizo sabiendo que en unos pocos días se embarcaría rumbo a Veracruz. En su segundo destierro de 1880, al entrar otra vez por Nueva York, Martí declara correctamente en el Manifiesto su intención de residir en ese país; pero aunque iba en calidad de desterrado, puesto que, había sido condenado con esa pena en La Habana, quedó registrado como cualquier inmigrante ya que por aquella época las leyes norteamericanas no hacían ninguna distinción legal al respecto. Por esta razón su nombre aparece en The American Immigrant Wall of Honor de la Isla Ellis.
Con todo, Martí nunca se hizo ciudadano de los Estados Unidos. Nunca se resignó no volver a su patria. La tercera vez que desembarcó en Nueva York, procedente de Venezuela,  no sólo declaró que su país de origen era Cuba; sino que a la pregunta: «¿País donde piensa residir?», respondió: «Cuba». Claro está, que esta decisión moral no le impidió en absoluto participar activamente en los asuntos políticos de esa ciudad.
La noción de acosmia en la filosofía de Hannah Arendt o las novelas de Vintila Horia a lo mejor podrían ser buenos ejemplos para el lector contemporáneo de este sentimiento de desarraigo del que hablaba Ripoll. Infortunadamente, de un tiempo a la fecha el estudio del exilio ha pasado a ser dominio de antropólogos y sociólogos. Ellos han ocupado un terreno que solía en la Antigüedad ser coto de filósofos cínico-estoicos, bastante dados a pensar en lo humano, en la utilidad moral de la filosofía y no tanto en cuestiones metafisistas. Entregados como están hoy los filósofos a la actividad especulativa en los disímiles campos de la cultura y demás, es digno de ver el lastimero lugar al que se confinó la consolatio. Desde los albores de nuestra literatura, que comienza el período helénico (si tomamos la palabra en su sentido propio: producción escrita, institución del libro, las bibliotecas, la industria editorial y la crítica literaria), filósofos y poetas han sido muy generosos escanciando tinta cuando del exilio se trata. A lo largo de la historia nos dice Claudio Guillén —acaso el más grande comparatista que ha dado la lengua española— en su estupendo ensayo The Sun and the Self. Notes on Some Responses to Exile, hubo tradicionalmente dos posiciones contrastantes al rededor de este delicado tema. De una parte, tenemos a Ovidio, para quien el exilio no es más que la fractura del yo, de un yo cuya existencia se ve de súbito amenazada al dejar de gira en torno a la comunicación con aquellos con quienes comparte un sistema de cosas y un trasfondo común de premisas sociales. Los Tristia de Ovidio manifiestan una crisis cuyo paradigma, por así decir, es odiséico.[2] De la otra, tenemos a Plutarco, mezcla bastante tupida pero tardía de tópicos cínicos y estoicos (Musonio, Teles, Séneca, etc.), de doctrinas que buscaron siempre divisar el lado bueno del exilio. Parece ser que algunas de estas ideas hicieron mella en el pensamiento de la Baja Edad Media, tiempo en que fue visto el exilio como tema idóneo para la literatura culta. Dante, pongo por caso, consideraba su propio exilio como algo moralmente justificado y hasta honorable; como se sabe el bardo florentino incluso se reusó a volver a su patria deshonrado. Muy por el contrario de Ovidio, su poesía no fue la causa de su exilio, sino el fruto de este. “El exilio nutre la esperanza” dice uno de los Adagia de Erasmo. En el Renacimiento el exilio era para los poetas una manera de vivir, de dar forma a la vida. En el teatro isabelino (Shakespeare, Lyly) el destierro no carga sobre sí la significación de acceso a un mundo vasto y aterradoramente desconocido, sino una oportunidad de examinarnos interiormente. Guillén ha dicho también que con los tiempos modernos, las pretensiones de originalidad y validez de algunas culturas, el chauvinismo, etc., se ha exacerbado, por desgracia, al tirantez que de por sí ya padecía el tema del exilio. El Siglo de las Luces y el decimonónico representan el apogeo de los sentimientos nacionalistas en todos los ámbitos culturales —pensamiento, costumbres sociales, literatura, arte, lengua—, siglos de escritores exiliados que tendrá continuidad en los siguientes, casos como los de Voltaire, Marx, Picasso, Tomás Mann, Brecht, por citar algunos insignes. Lo que importa, en definitiva, es saber que existe una gran diferencia entre la literatura del exilio y la literatura como exilio. Es la primera la que aquí me interesa tratar.

**

Ninguna tierra es un destierro…[3]

NO DEBIÓ SER nada grato para Séneca el joven —como no lo fue tampoco para Ovidio— reflexionar sobre el exilio desde el exilio mismo, me refiero a su Consolatio ad Helviam matrem. Tal vez por eso el filósofo hispanorromano dijo a su madre en primer lugar: «…procuro arrastrarme con la mano puesta en mi herida para vendar la tuya». Al igual que otros filósofos Séneca creía que el hombre tiene una «inclinación irresistible a cambiar de morada, a mudar de residencia». Para el miembro más ilustre de la gens Annea el hombre es un alma inquieta que nunca se fija, enemiga del reposo y amiga de la novedad. Siempre errante. La prueba de ello radica para él en que casi ninguno de los habitantes de las grandes ciudades nacieron en ellas, sino que vinieron de fuera. (Como en la Nueva York de Martí, pues, entre la década del 60 y el 90 arribaron más de 14 millones de inmigrantes.) Paréceme la perspectiva de Séneca sobre el cosmopolitismo del sabio muy apropiada para estos tiempos tan modernos y tan faltos de consuelo. Y su idea de que la verdadera patria del alma esta en el cielo, no en la tierra, es un bálsamo no menos útil. A esta teoría del origen celeste del alma hace alusión Heredia con sus versos: «Pobre, sí, pero libre me encuentro:/Sola el alma del alma es el centro». Para el autor de las Ad Lucilium epistolae morales, no había mucha diferencia entre emigración y exilio. «No hay edad —dice— para emigrar, porque hasta los viejos lo hacen». Varias son las razones que encuentra el mentor del joven Nerón. Una, señala, es la expulsión (ya por ese tiempo hacía más de medio siglo que el pueblo judío andaba errante por el mundo). Otra, dice, es la guerra civil. También la peste, los terremotos, la exuberancia demográfica y la búsqueda de mejoría económica, son causa de emigración. Así, pues,  el linaje humano se dispersa permanentemente. ¿Qué otra cosa son las migraciones —se preguntaba— sino destierros en masa? Eneas mismo era un exiliado; como casi todos los padres fundadores de casi todas las naciones. Los desterrados ilustres, como es costumbre en las consolaciones de este tipo, desfilan por toda la carta. Son convenientes ejemplos de autoridad que sirven como pruebas apodícticas. El exemplum de Marcelo, por quien suplicaron los cónsules al César para que lo trajera de vuelta de su exilio, demuestra que todo exilio tiene sus días de gloria.
Probablemente una de las ideas más sugestivas que Séneca dejó escritas en la consolación a su madre sobre la dualidad migración/exilio reside en el hecho de que para él los principales desterrados son los imperialistas romanos, quienes habían conquistado unas ciudades y fundado otras por todo el mundo conocido hasta entonces. Si nos fiamos de lo que nos dice el sabio cordobés habría que mirar con nuevos ojos a Alejandro o a Cortés.
Séneca defiende el exilio, paradójicamente, desde su exilio en Córcega —«esta roca» como él la llama—, y lo hace con el objeto de consolarse a sí mismo y no tanto a su madre, porque probablemente esta carta no sea auténtica. Para lograrlo acude, aunque lo niega, a los tópicos propios del tema. Por ejemplo, la doctrina que dicta que donde quiera que vaya el hombre siempre goza de la misma naturaleza, es algo así como decir que ser cubano o español no es la esencia de alguien, sino nada más un accidente. Pues uno siempre será el mismo individuo independientemente del lugar en que le toque nacer ya que el alma es un cuerpo celeste. Así, desde cualquier punto sobre la tierra en que un hombre se encuentre, la distancia al cielo no varía. «¿Qué importa —objeta— el fango en que se hunden mis pies?». De la isla como ubicación tópica del exiliado hablaré más adelante.
Unas líneas arriba decía, a propósito del artículo de Ripoll, que el exiliado se aleja de su patria no porque quiere, sino a causa de una voluntad ajena a él o por alguna «imperiosa necesidad». (Es digno de notar que el concepto «voluntad» también está presente en la definición de desterrado que consigna en su Tesoro Covarrubias.) Pues bien, aunque Séneca no lo expresa abiertamente, nos deja ver con claridad que todo destierro tiene una causa, por así decirlo, motriz. Sí, hay los hombres que se marchan por propia voluntad; pero detrás de esa decisión, muy bien ocultada, se encuentra aquella «voluntad ajena a él». Dicha voluntad ajena, por lo general, tiene una relación francamente estrecha con las malas decisiones de algún político pedestre. Es, entonces, el momento oportuno para detractar la desmesura, la avaricia de gobernantes como Calígula, quien gastó en una sola cena diez millones de sestercios. Las desmedidas ansias de poder, la ambición sin fin y los excesos de los gobernantes son la verdadera causa de cualquier exilio. «El precio de tales alimentos —decía— no proviene de su sabor exquisito ni de un paladar delicado, sino de que escasean y de la dificultad de procurárselos». Halla consuelo el sabio en la filosofía, ella le dicta que es la temperancia la virtud clave para vivir los momentos más precarios sin sufrir; todo lo contrario, con gran contento. El colmo de la glotonería, el derroche y la frivolidad de los poderosos culmina con la anécdota de Apicio, el famoso gastrónomo romano, quien hallándose acribillado de deudas decidió envenenarse a tener que vivir con sólo diez millones de sestercios. «El mortífero brebaje —afirma cínicamente el cordobés— fue el más saludable para él que tomó en su vida un ser tan degradado, pues nunca hizo otra cosa que tomar veneno». Por eso no duda en mencionar la virtud de aquellos gobernantes primeros de Roma que despachaban los asuntos del país al tiempo que cocinaban sus groseros alimentos. En verdad tuvo su madre que quedar, no consolada, sino aterrorizada a juzgar por cómo y con qué poco opinaba su hijo que puede sobrevivir un expatriado. La experiencia nos dice que el hombre en el exilio exacerba la moral a grados a veces extremos. No obstante, por lo que se sabe y se dice sobre la vida de Séneca, es posible que no sea pura retórica su afirmación de que el ansia de lujo es una verdadera enfermedad. Esta invectiva senequiana lo mismo embiste al gobernante corrupto que al vil lacayo que prefiere soportar la humillación y los caprichos de aquél con tal de no ayunar un solo día de su miserable vida. Por eso declara que «hasta el destierro, sí, nos provee lo necesario; para lo superfluo, ni reinos enteros bastarían». Es en el alma del hombre donde radica toda la riqueza, y esa misma alma es la que acompaña al hombre en el destierro; de esta manera, mientras el desterrado halla alguna miaja con la cual sostener el cuerpo por otro lado goza de sus bienes espirituales, que es como nadar en la abundancia. Los hombres sabios, esto es, los estoicos, no necesitan servidumbre, pues, Zenón, el fundador de la secta, nunca los tuvo. De hacer caso a sus consejos y sus declaraciones, no habría en el mundo, téngase por seguro, desterrado alguno que no se sintiera orgulloso de serlo. Él mismo apunta: «¿Quién se atrevería a decir que tales hombres eran dignos de lástima, sin que se le tome a él por el último de los infelices?» A esto sigue la remembranza de Escipión el Africano, aquel militar que fuera nombrado dictador por los cónsules romanos para repeler el acecho de Aníbal el cartaginés, y que murió en la pobreza. Tanta que sus hijas tuvieron que ser dotadas por el tesoro público. «¿Quién tendrá la osadía —se pregunta el filósofo— de desdeñar la pobreza, al ver lo pobres que eran tan ilustres personajes?» Según nos dice Valerio Máximo, ese general romano pidió que se grabara esta sola inscripción en su tumba: Ingrata patria, ne ossa quidem mea habes (Patria ingrata, ni siquiera tienes mis huesos).     La carta de Séneca, además, expone otro gran problema que el exilio acarrea consigo: el problema de las madres de los exiliados. Espantoso. Contra este problema el filósofo se iza y pone límites al sufrimiento sin límites: «Entregarse a un dolor sin fin por la pérdida de los parientes, es debilidad pueril». Si bien aconseja a Helvia distraerse con merecidos placeres y por medio de las labores, sabe igualmente que nada de eso disminuye el dolor de la ausencia porque son sólo remedios momentáneos y más que alivios tornan a convertirse en quebraderos de cabeza. Sabía que nada se gana tampoco con ocultar las lágrimas, por el contrario, hay que vencerlas. Séneca sabía que esa era la parte más sentimental de su carta, mas no por eso busca otro remedio que no sea la filosofía (entiéndase como ascética). Insiste en que su madre, que ya había sido iniciada en las artes liberales por su padre —Séneca el viejo o el rétor—, debía retomar sus estudios. Sin embargo, también aconseja buscar el consuelo en los hijos que le quedan y en el encargo de la crianza y educación de los nietos. Todo ello sirve a la vez de consuelo al desterrado, quien, a pesar de su soledad, goza con sólo desear la felicidad de sus familiares. Empero consolar a la madre del desterrado no era una misión que se asignara al mismo desterrado, sino a un amigo. Séneca, pues, se dispuso a hacer lo nunca visto, lo inaudito: consolar él mismo a su madre. «Pero de todas suertes —le dice— como es natural que ahora pienses en mí con más frecuencia que en los otros hijos, no por quererlos menos, sino porque siempre se lleva la mano a la parte dolorida, debes pensar que soy feliz, que estoy contento, como en las horas de prosperidad». ¡Vaya manera sublime de finalizar una carta!
Plutarco por su parte, escribió a un amigo exiliado en Sardes. Probablemente sea ésta la carta sobre el destierro más famosa de la Antigüedad Clásica.[4] El de Queronea inicia su carta atacando a aquellos que no saben aconsejar, puesto que es menester que los amigos consuelen con sus palabras y no defiendan lo que los entristece aunque él se disponga a hacer lo contrario. Plutarco se caracteriza por permanecer dentro de una Estoa interiorizada y al igual que Séneca piensa que nada resuelve el llanto, que es cosa insensata y vacía. Advierte a su amigo que el exilio, como la pérdida de fama y honores, es un estado que cada cual soporta y asume a su manera. Compara la amargura de una medicina, el dolor de una sangría, con el bien médico que hacen al cuerpo. Asimismo, dice, puede hacerse de la desgracia una dicha; porque a veces se vive mejor en el exilio que en el propio país. Es bueno pensar que hay quienes desearían estar en nuestras circunstancias, que gustarían de pasar la vida desterrados antes no de tener ningún bien propio. Es obvio que su amigo estaba en una situación económica envidiable. Nótese la diferencia entre lo que alababa Séneca —la austeridad— y lo que elogia Plutarco. Son puntos de vista idóneos según sea el caso. Plutarco insiste en que hay que echar para adelante a cualquier coste; pero, sobre todo, con ayuda del uso razonable de las circunstancias presentes. La ausencia de los amigos, por ejemplo, puede ser una oportunidad  para sacar de su vida los pleitos y preocupaciones de los asuntos privados en que nos inmiscuyen, como las ventosas que utilizan los médicos, que retiran del cuerpo lo más dañino para salvar al resto.
Plutarco anima a su amigo a ser optimista siempre, no sin dejar bien claro que cuando sufrimos una pena cualquiera será la razón la que nos ayude a distinguir si hay o no motivo para entristecerse. «Porque el hombre, como dice Platón —afirma el filósofo griego aludiendo el Timeo—, es “no una planta terrenal”, ni inamovible, “sino celeste”, en tanto que la cabeza como la raíz sostiene derecho el cuerpo, dirigido hacia el cielo». (La misma idea se observa en la epístola XXVIII de  Séneca: «Mi patria es todo este mundo».) Como prueba irrefutable de su aseveración recuerda que Sócrates había dicho que no era ciudadano de Atenas, sino cosmio, o sea, ciudadano del cosmos. Basándose en el principio estoico del origen etéreo del alma puede afirmar sin ningún miramiento que están en el cielo las fronteras de nuestra patria, allí donde nadie es desterrado ni extranjero. Para Plutarco tampoco hay diferencia entre exiliado y emigrado. No carecen de ciudad, dice, los atenienses que viven en otros lugares. Pero apunta un detalle muy llamativo, y es que muchas veces el desterrado tiene la sensación, según el lugar al que se le destierre, de estar lejos del centro de lo que él considera el mundo. La solución es la misma que la de Séneca, con respecto al cielo todos los puntos de la tierra representan un signo sin extensión. Según Plutarco es el hombre mismo quien se ata a los lugares, atormentándose y sintiéndose extranjero sin «saber ni aprender a mirar y considerar como nuestro el universo, como realmente es». Critica las actitudes simples, como decir que la luna de La Habana, pongo por caso, es más bella que la de allá o acullá. «¡No es posible que nos sintamos extranjeros o inseguros sobre la tierra o el mar, como si fueran cosa de otro mundo!» En pocas palabras, somos nosotros quienes nos encerramos en una ciudad, los que nos «reducimos a lo pequeño y mezquino».
El de Queronea también interpola de vez en cuando algún chascarrillo a lo Diógenes (El Perro) con el fin de modular el ritmo de la exposición. Hay una anécdota bastante picante que va así: «Pues bien, los egipcios que por cólera y hostilidad del rey emigraron a Etiopía, a quienes les pedían que volvieran por sus hijos y mujeres, mostrándoles sus partes pudendas bastante cínicamente, les dijeron que no carecían de matrimonio ni de hijos mientras tuvieran éstas consigo». Sin embargo, la doctrina estoica de las virtudes como símbolo de la verdadera riqueza, la espiritual, anima las páginas que siguen. El que posee inteligencia y razón no carece de ciudad ni de hogar. La pérdida de la fortuna no representa para Plutarco un mal mayor, pues, aunque no es fácil reunir otra igual y rápido, cualquier ciudad se convierte en patria para el hombre sabio. Es decir, el que sabe «tiene raíces que pueden vivir en cualquier parte».[5] Plutarco no olvida recordar a su amigo que muchas veces la ruina de los hombres está, precisamente, en evadir el camino del exilio. Y nos revela una máxima fundamental para el desterrado, hela aquí: «Elige la mejor ciudad y la más grata, el tiempo hará de ella una patria». Enseguida comienza el despliegue de la isla como el lugar —tranquilo y deshabitado— ideal para alejarse de los males y desabrimientos de la ciudad, para llevar una vida descansada. ¡Qué ironía! El mundo ha girado mucho desde entonces. Pero, según la filosofía de Plutarco vivir en una isla es tolerable después de todo, pues, en todo caso, es la ignorancia la que no ayuda en nada al desterrado. Entonces, acierta a comparar la extensión de una isla con el espacio reducido al que los hombres se ven obligados a pasar la vejez. Otros hombres menciona, como Platón por ejemplo, que pasaron la mayor parte de sus vidas encerrados en sus fincas, entregados por completo a los estudios (lo cual, me figuro, es también un género de insilio). Censura, además, a Aristóteles, quien pese a ser un hombre sabio, jamás pudo escapar del mundanal ruido. Pues, según Teócrito de Quíos, «eligió habitar en lugar de la Academia, a las orillas del Bórboro». Con lo que daba a entender que gustaba de la vida en la corte de Filipo y Alejandro; es decir, que gustaba del fango, que es lo que significa bórboros —según parece, también era el nombre de un río de Pella, la capital Macedonia—.
Había dicho arriba que Plutarco no distinguía, al igual que Séneca, diferencia ninguna entre exilio y emigración, y es cierto, salvo un pequeñísimo detalle. Él entiende que el destierro tiene una parte gloriosa de la que no participa el emigrante por renegar de la pobreza o la aspereza geográfica del lugar donde nació, al que considera vano y frívolo. La parte gloriosa del exilio de la que habla Plutarco es nada más y nada menos que aquella en la que intervienen asuntos políticos. Muy similar a nuestra concepción moderna. El desterrado —certifica el filósofo— puede disfrutar, en su lejanía, del ocio, de los paseos, la lectura y un sueño sin sobresaltos. Citando a Diógenes de Sínope nuevamente arremete contra el Estagirita por su condición de intelectual orgánico: «Aristóteles desayuna cuando le parece oportuno a Filipo, Diógenes cuando a Diógenes». El desterrado, a fin de cuentas,  pasa la mayor parte del tiempo sin que la política ni el gobierno «distraiga su acostumbrado género de vida». A todo esto agrega un argumento, que aunque tomado de Teles, no deja de ser extraordinario: «Por esto, podrás encontrar pocos hombres entre los más sensatos y sabios enterrados en sus propias patrias. La mayoría, sin que nadie les haya obligado, tras levar anclas cambiaron de puerto a sus vidas y emigraron los unos a Atenas, los otros de Atenas». (Atenas era la única ciudad griega cuyos habitantes no provenían, según creía Eurípides, de otros rincones de la Hélade.) Como ejemplo de que la mayoría de los hombres sabios siempre se marchan a otros lugares, recuerda que Eurípides murió en Macedonia y terminó sus días en la corte del rey Arquelao. ¡Excelentísima lección de vida! Plutarco manifiesta —de una forma muy distinta— aquella impresión que tenía Séneca acerca del hombre, quien no se puede estar quieto en un mismo lugar. (Aquella natural inclinación al peregrinaje del género humano. Que sin ser obligado tiende a mudar de residencia). En gran medida, los hombres sabios y excelentes huyen de los negocios, las distracciones y las ocupaciones que les roban la tranquilidad en sus patrias. Pero el mayor consuelo que Plutarco da a su amigo es que todos estos hombres excelentes que ha enumerado para él, no se desanimaron ante tal situación, sino que encontraron más bien un «recurso concedido por la fortuna»; que ellos, después de muertos, son recordados en todos lados, y, sin embargo, de aquellos que los desterraron no ha quedado ni una sola palabra.
El filósofo repasa un lugar importantísimo en este tema y que está relacionado con la supuesta pérdida de la fama. A propósito, Plutarco saca una facecia graciosísima del más famoso de los cínicos, Diógenes de Sínope. Relata que estaba este filósofo sentado bajo el sol cuando Alejandro Magno, que pasaba por allí, se detuvo a preguntarle si necesitaba algo y aquél le respondió que nada, solamente que le hiciera un poco de sombra. A lo que Alejandro de Macedonia respondió: «¡Si no fuera Alejandro querría ser Diógenes!» El quid de la anécdota es que Diógenes también estaba desterrado en Atenas y nunca perdió su fama sino que le creció más allí.
Otras cuestiones relacionadas al exilio alude en su carta Plutarco. A saber, la falta de libertad de expresión que obliga muchas veces a los hombres a marchar al destierro; la sin razón de los poderosos (o sea, el abuso de poder); las delaciones y la violencia propias de los gobiernos tiránicos. También refiere allí la valentía de los hombres que se defienden de quienes intentan ahogar sus voces en el silencio. En el destierro no se pierde el decoro si se sigue defendiendo la libertad de palabra. Una vez más hace hincapié sobre la idea de que el emigrante va siempre, como decía Ripoll, guiado por la esperanza y todo eso que se desvanece con facilidad. El emigrante es más bien un ignorante, puesto que, no sabe servirse de las circunstancias presentes sino que depende de un futuro inexistente. Y, como sobre una balsa, son arrastrados a la deriva, que es la banal expectación. Toca también el tema de la imposibilidad de hacer amigos de algunos desterrados. No obstante, todos los tópicos están encaminados a transformar el exilio en motivo de orgullo.
Guardando las proporciones y hablando de consolaciones al desterrado, Antonio de Guevara, moralista español del siglo XVI, escribió una graciosa Letra para don Pedro Girón cuando estaba desterrado en Orán en donde sigue a Plutarco en casi todo. Pero, a diferencia del de Queronea, incorpora una mayor cantidad de elementos de humor a su carta sobre el destierro. Así, el que fuera el Cronista de su Majestad Carlos V, va mucho más lejos que su modelo, porque no busca animar la exposición con una facecia obscena, sino ser irónico, ambiguo. Por ejemplo, en el pasaje final de su Letra, de repente, le pone una tremenda regañina, nada más y nada menos que al retoño de la Casa de Osuna, que desentona con el tema de una —supuestamente— gravísima carta: «Ahí, señor, os envío unas aprobadas reliquias que traigáis, y un notable libro que leáis, y para mi bien tengo creído que quisiérades vos más un libra de oro que jugar, que no al mi buen Marco Aurelio [su libro] para leer». El obispo de Mondoñedo, oportunamente, aprovecha las últimas líneas para quejarse de la falta de espiritualidad de su destinatario, pues, su fama de pendenciero y tahúr era, según parece, harto conocida en la corte. No es un disparate imaginar la carcajada que seguramente le arrancó a su amigo (si es auténtica la carta, claro está). Este repentino cambio de actitud deja al lector en la incertidumbre total, para luego caer en la cuenta de que los «privilegios que tienen los hombres desterrados» expuestos unas líneas antes no son más que una tomadura de pelo. Guevara sólo toma de su modelo una diminuta área de la doctrina estoica: al desterrado no le afecta la envidia de sus conciudadanos, ni tampoco el desprecio de éstos, y, sobre todo, lo referente a la tranquilidad del retiro. Ahora bien, Antonio de Guevara es más pródigo en esto de enumerar los privilegios del desterrado, pues, para él: en su lejanía el exiliado puede contar todas las mentiras que quiera, que nadie va a ir hasta allá para averiguarlo; se quita de encima el pago de deudas y se libra de todo tipo de compromisos sociales que traen de por sí gastos tan innecesarios como onerosos; se quita de encima también a su familia, que también representa dispendio; y se deshace de su mujer, privilegio éste del que quieren gozar los que están y los que no están desterrados; y de los honorarios que causa la servidumbre.

***

Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya [6]

LOS ÉXODOS MASIVOS desde España y Cuba hacia México y Estados unidos respectivamente, representan el Exilio hispanoamericano del siglo XX por antonomasia. Más que nada, por largos. Desde mi llegada a México no había hecho más que pensar en este problema, el destino quiso que mis estudios de posgrado me condujeran hasta la puerta de una de las últimas voces todavía viva —y trabajando— del exilio español en México. Hablo del eruditísimo Arturo Souto Alabarce. Fue este afable académico, traductor y escritor quien me alentó a elaborar este pequeñito florilegio. Fue en la salita de su casa de la Colonia Chimalistac donde conocí, por fin, con profundidad los avatares del exilio republicano en México y sobre el quehacer intelectual de varias de sus generaciones, entre las que se encuentra el grupo de los poetas hispanomexicanos. Confieso que a ratos me estremecía, pues, por doquier oía, miraba, leía y no me cansaba de hallar paralelos. De primera mano y gracias a su nada desdeñable catálogo de obras supe de la solidaridad de México (y del gobierno cardenista) con la Segunda República. Ese compromiso mexicano comenzó con la llegada a tierras michoacanas de los llamados «niños de Morelia». El enorme parecido que este acontecimiento tiene con nuestra Operación Pedro Pan es digno de un estudio aparte. Sobre los niños del exilio, ha dicho Souto: «Esa generación no fue desterrada ni transterrada. Sin voluntad propia los más, esos niños y adolescentes hijos de exiliados, no hicieron la guerra como sus padres. No vinieron: se les trajo a México, y en México se educaron, se formaron, se nacieron en el más unamuniano sentido de la palabra». También es verdad que con el tiempo aquellos niños, ya hombres, asumieron los unos y desecharon los otros las actitudes y las ideas de sus padres; pero esa es harina de otro costal. «Por eso —explica Souto— no debe identificarse a los poetas hispanomexicanos: Luis Rius, Tomás Segovia, Jomi García Ascot, por ejemplo, con los propiamente desterrados».            Si todo esto nos suena conocido a los cubanos es porque lo hemos vivido, ¿acaso nuestros más ilustres representantes del exilio en los Estados Unidos son en realidad eso, desterrados? Sí, pero por asunción propia. La gran mayoría de los hijos de nuestros más insignes exiliados son cubanos, como lo fue José María Heredia, por elección, por decisión suya.
No deseo parangonar el aporte de ambos exilios, el español y el cubano; ni siquiera intentaría medir el positivo impacto que estos seres trasplantados ocasionaron en sus correspondientes refugios. No lo haría porque no es un secreto para nadie que con su partida, tanto la península como la verde isla del Caribe, se desterraron a sí mismas de casi todo lo mejor de su patriciado intelectual. Poetas, pintores, filósofos, científicos, médicos, casi toda la mano de obra calificada de estos países cruzó las aguas para dejar lo mejor de su ser y su existir —de su estar— en tierras extranjeras. Fieles a sus disímiles ideales: comunistas, nacionalistas, demócratas, sindicalistas; todos, en solitaria división, pero juntos en una misma masa transterrada lograron seguir adelante con sus vidas. Probablemente no se sepa si fue acaso en el vasto campo de la cultura donde sus contribuciones tuvieron más repercusión. Sin embargo, esto se percibe más cuanto más se ensanchaba el vacío que dejaron —por bastante tiempo— si se le compara con la depauperada cultura oficial. El resultado del éxodo intelectual, como en España en su tiempo, ha sido una cultura escindida por decenios. (Los grandes escritores que permanecieron en la isla fueron censurados, perseguidos y por último, condenados al ostracismo.) Al mismo tiempo un sentimiento común los precisó a construir un mundo artificial, aparte, cerrado, ciego, sordo al influjo de su mundo circundante. Tal como lo hicieron los españoles décadas antes, los cubanos —tras desembarcar en las costas miamenses— construyeron sus propios, bares, cafeterías, cabarés, clubes, restaurantes, clínicas, centros culturales, librerías, escuelas, etcétera; de manera que pudieran, en el aislamiento, resguardar sus tradiciones. La reiterada frase: «a lo mejor para el año que viene», simboliza el optimismo fatuo que propició esta actitud, pues, como aquellos tripulantes del Sinaia, no imaginaron, ni por poco, las dimensiones de su destierro. Pasaron mucho tiempo los republicanos sin deshacer su equipaje. Creyendo ingenuamente que en cuestión de meses regresarían a España, evitaban cualquier riesgo o compromiso que pudiera estorbarles el retorno. No querían abrir los ojos a la realidad y se quedaron por un tiempo encerrados —al decir de Tomás Segovia— en un género de gueto mental. Y ésta, justamente, es la misma malsana melancolía que viene afectando a los exiliados cubanos desde in illo tempore. Pues, semejantes a autómatas, viven una vida totalmente alienada, como de cartón. Pensando incesantemente en su vida isleña, los hay que no compran casas ni se preocupan por obtener siquiera un seguro médico. Porque creen que pronto regresarán a la isla. En total, la vuelta a España nunca se dio, como les sucedió y tal vez les suceda a otras generaciones de exiliados cubanos residentes en Miami, New Jersey y la diáspora. La Guerra Civil trastornó las vidas de sus familias en la misma forma en que la instauración de nuevo régimen arruinó repentinamente los planes de vida de los primeros exiliados cubanos. Singular interés merece el que los cubanos de dentro tampoco hagan planes a largo plazo, pues sólo desean marcharse de allí. Si nos fiamos de la máxima de Publilio Sirio que reza: «Es padecer destierro renegar de la patria propia», habría que considerarlos tan expatriados como los de fuera.
El grupo de los hispanomexicanos está conformado por los hijos de los emigrados. Fueron educados en colegios hechos expresamente para ellos y para dar empleo a los maestros exiliados. Fueron instruidos de tal forma que se pudiera, de ser posible, reanudar la educación a su regreso a España. Sus padres, empecinados en procurarles un vínculo con la madre patria,  no podían ver el daño que les hacían. Más que por necesidad, estos niños, se asumieron desterrados por fidelidad a sus padres y así, crecieron sin la conciencia de que carecían de una patria verdadera. Estos niños eran lo único vivo que a sus mayores les quedaba de España. Los niños del exilio fueron niños de ningún lugar. Y fue crasísimo error enseñarlos a ser españoles a toda costa. Como es de suponer, esta condición favoreció, no una identidad compleja —bicultural—, sino una crisis de identidad ad perpetuum. Frustrante sin duda.
A lo largo de la vida fueron descubriendo que no hay pecado alguno en el hecho de pertenecer a lo que Francisco de la Maza llamó una generación «nepantla», palabra que viene del náhuatl y que significa «en el medio» o «en el centro». Con todo, aún los hay, como es el caso de Arturo Souto, que siguen debatiéndose —aunque no con el rigor de la mocedad— en esta disquisición. La verdad es que nunca han vivido en España y tampoco se sienten muy mexicanos que digamos, pese a amar todo lo mexicano que hay en ellos. Son, pues, mexicanos con acento español y españoles con un léxico y una sintaxis completamente mexicanizados. Otros como Tomás Segovia hicieron de la duda su nacionalidad y del acento hispano y sus americanismos, su lengua natural. Otros no consiguieron elegir jamás, por no poder comprender que tenían —al decir de la antóloga Susana Rivera— derecho a las dos nacionalidades. ¡Vaya encrucijada ésta!
Salvo Luis Rius, que escribió Sobre mi generación desterrada, ninguno se quebró demasiado la cabeza especulando sobre este problema; pero, no se sorprenda el lector si en su poesía, como el Guadiana —río que suele andar gran parte de su curso bajo tierra—, el tema del exilio aparezca unas veces explícita y otras soterradamente. Se trata de una poesía marcada por un existencialismo contumaz. Estos hombres y mujeres, se dice, tienen la peculiar sensación no tanto de no ser, sino más bien, de no haber sido nunca. (Aunque otra cosa muy distinta proponga la teoría filosófica sobre el Estar de uno de ellos, Ramón Xirau.) Su España se iba esfumando con los años, el recuerdo fue sustituido por un permanente paisaje deslavado, puesto que, habían salido de allí muy niños. Arturo Souto, por ejemplo, partió primero a Francia, de allí a Cuba —donde vivió poco más de un año— y luego a México. Tenía apenas unos ocho años. Estos niños crecieron en un ambiente artificialmente español y no tenían un pasado español real del cual asirse —a diferencia de sus padres—, cuando en realidad pudieron tener un presente mexicano. (Como los judíos han vivido desde el 70 a. C., así vivían ellos. Sin poder decir siquiera «más vale humo de mi casa que fuego ajeno». A la sentencia de Publilio Sirio: «El desterrado a quien no se acoge en parte alguna es un muerto sin sepulcro», habríamos de agregar que también lo es el que quiere para sí una patria imaginaria.) Se les colocó en primer plano una España falsa —de utilería—, cuyo único soporte se hallaba en los recuerdos de sus padres. La España que conocían era un país más que nada oral y libresco. Por tanto lo ignoraban casi todo de él. La poesía de estos autores expresa ese hondo sentimiento de pérdida. Tardaron bastante estos bardos en encontrarle el lado bueno al exilio. Angelina Muñiz, otro caso, con la madurez llegó a la conclusión —algo tardía— de que les fue mejor en el exilio después de todo y reclama la destrucción de esa imagen mezquina que se tiene del destierro. Tomás Segovia, por otro lado, dijo alguna vez que él no creía en ninguna patria. ¡Buena lección esa!
En todo caso, la obra poética de esta generación (nacidos todos entre 1925 y 1937), egresada casi toda de la Facultad de Filosofía y Letras cuando todavía tenía su sede en la Casa de Mascarones allá en San Cosme y que emerge a finales de la década del cuarenta y principios de los cincuenta, con las publicaciones de las revistas Clavileño, Presencia —y otras más—, no hace más que reafirmar y continuar la rica tradición lírica de España. Ello se debe, además de sus sapientísimos maestros (mexicanos y españoles), al influjo que se deja sentir vehementemente en sus obras de los cancioneros tradicionales y la poesía del los Siglos de Oro. También al influjo de Bécquer, Unamuno, Machado y Lorca. Y, seguramente, de muchos otros extraordinarios poetas peninsulares. De América, beben en las fuentes de Vallejo, Borges, Neruda y Octavio Paz.
Autores prolíficos unos, otros en lo absoluto; aunque la vocación por la poesía se manifestó tempranamente en todos por igual. Y haciendo caso omiso al consejo horaciano que dicta: «guárdalo durante nueve años», comienzan a publicar desde muy jóvenes.
Si para esta colección, que ahora pongo a disposición del lector, escogí exclusivamente flores breves, ha sido porque a mi vista son de las más bellas. Pero, como diría Marcial, en toda obra variada y extensa: «Los hay buenos, algunos mediocres y muchos malos». Es una lástima que sólo haya podido incluir un poema de Inocencio Burgos, cuya obra recogieron sus amigos en servilletas y papeles que iba dejando dispersos por ahí. Las obras de los once autores que aquí figuran las he escogido al azar, sin atenerme a criterio alguno que no sea el de mi muy particular gusto.

INOCENCIO BURGOS
QUIERO SENTIR…
Quiero sentir
en mi cuerpo, la soledad
más blanda.
Ser con ella, el inmóvil
verano de los siglos
y anhelar
la locura
que se irisa
en la mística
región de la añoranza.

En Antología Mascarones. Poetas de la Facultad de Filosofía y Letras, 1954


JOSÉ PASCUAL BUXÓ
Cuando llegué, habían ya cubierto (fragmento)
Cuando llegué, habían ya cubierto
la tierra con palabras;
habían triturado el polen de la rosa,
petrificado el agua.

En Antología Mascarones. Poetas de la Facultad de Filosofía y Letras, 1954

LAS NARANJAS erigen
sobre el carro temblante
una luz entusiasta.

Lavadas
—o quizá resistentes
al polvo y a la ceniza—,
enteras, luminosas,
ríen a todos, saltan
a los ojos enfermos
de cada caminante.

En Lugar del tiempo, 1974

LUIS RIUS

Hasta los rieles del tren
me hacen llorar.

Tan cerca el uno del otro,
¡cómo quisieran!, se alargar
y no se pueden juntar.

Por guardar penas y penas,
¡cuántas lágrimas!,
que hasta los rieles del tren
me hacen llorar.

VOLÓ mi amor, voló
a la copa del árbol;
mi amor suave, ligero
como un pájaro.

Yo aquí abajo llamándolo.

Te llevaste mis ojos,
cuervo por mi criado.
Ahora me verán ciego
mis ojos desde lo alto.

En Canciones de amor y sombra, 1965

LO QUE VIVÍ ya paso,
lo que vivo está pasando,
lo demás nunca llegó.

Tan inútil mi vida
como una raya
dibujada en la arena
al pie del agua.

En Cuestión de amor y otros poemas, 1984

ES UNA nostalgia sólo
Lo que de ti guardo yo,
y me duele como espina
y me aroma como flor.
Y es mi soledad recuerdo
que alienta en el corazón,
tenue, sencillo recuerdo
de una mágica ilusión
que yo contigo soñaba,
y sólo en sueños llegó.

POR más que me lo repitas,
¿no voy a saberlo yo?
Corazón, calla y sosiega,
no te engañes no;
siempre será la primera
la más hermosa ilusión,
aquella que no llegaba
y que sin llegar pasó.

En Canciones de vela, 1951

CÉSAR RODRÍGUEZ CHICHARRO

SERÁS
Serás como el dado
que se agita mil veces,
que tiembla en la mano
o en el cubilete,
que señala la dicha
o el número helado de la muerte.

Serás como el dado:
torpe, callada, indiferente.

En Con una mano en el ancla,

LA HORA DEL POEMA
Llegó, esperada,
la hora del poema.
La mano se hizo espuma;
El corazón, jilguero.
Inexplicablemente,
el verso tuvo sangre,
y las palabras, miedo.

En Aventura del miedo, 1962

ERROR
“¿Pueden los pájaros situarse
en el blanco distinto de la flecha
y yo no he de vivir —simplemente— mi falta
sin ella encuentro razón sola la vida?”
Una y otra y otra vez “No está en ti”, dijeron,
y hube de rescatar la sombra de mis pasos
y abrirle un pozo a la esperanza
y pintarlo —turbiamente— de negro.

PIEDAD
Acidulado sabor, grumo cortante
corre por ti, te muerde,
se te incrusta en la venas, cunde, deshace.
Dura segundos y te parece eterno.
No tiene fin, principio —¿lo tiene acaso?

Hablo de la piedad. Menciono el asco.

LÁGRIMAS
¿Cómo medir las lágrimas del otro
Con la vara gastada de uno mismo?
Yo sólo soy —si soy— el que se pone
por la mañana el terno deshojado,
quien atraviesa —oscuro— albas moradas,
el que se esconde —harto de sí, borrado—
entre cuatro hecatombes de ladrillos.
¿Cómo medir las lágrimas ajenas?
Debo —loco de mí— negarme el llanto.

En Aguja de marear, 1974

ARS MORIENDI (fragmento)
Durante muchos años
dije de la muerte
como quien habla
del perro ventrudo
sucio y distante.
Hoy, tan próxima y asible,
sólo tangencialmente
me atrevo a susurrarla
no quiera violentarse
y concluya el conteo.

En Finalmente, 1983

GERARDO DENIZ

LETRITUS (fragmentos)

Hombre de acción
—Hay que hacer algo
—reclamó el intelectual izquierdista
con un puñetazo rotundo sobre la mesa
se salpicó de coñac
…y voló a París.

A un hombre nuevo
La Pasionaria frente a ti se alza
cosquilleada por dedos leninos:
socialista soviética y mam´racha.

Semántica
Ahora resulta
que llamar hijoputa
al hijoputa
es satanizarlo
(y ya ganó cien puntos).

Observación
Cuando yo era niño
se hablaba bastante
de la catalepsia.
Hoy ya nadie.
Por qué.

Hecho
Morir no será más extraño
que apellidarse De la O.

Autocrítica
Por si fuera poco mi no estimar
casi nunca
el genio,
tampoco tolero
—y eso sí que es grave—
Los signos con que se manifiesta
en el aspecto y trato de quienes lo poseen.

Precaución
No le pido
que me explique su ponencia,
pues por elemental cortesía
tendría que decirle: —Ah, ya veo…

En Grosso modo, 1988

MANUEL DURÁN

EL FRACASO
Un ángel invisible me sigue cada tarde
con sus ojos de estatua, su larga cabellera,
su pisada insistente de algodón perfumado.
Yo me revuelvo, brusco, le pido que se vaya,
que no me comprometa, que me deje tranquilo,
mas en vano. Se acerca, me acaricia, me mira,
me transmite mensajes cuyo sentido ignoro,
me sigue por el aire, se sienta en mi puerta.

Por fin, exasperado, desenfundo mi kodak,
Ajusto las distancias, oprimo los botones.

La foto queda opaca, con largas manchas blancas
que vibran como adioses colgadas de una nube.

EL INCONSCIENTE
¿Es fuerza o ignorancia? Las ciudades se incendian,
los antiguos imperios se borran en los mapas,
cada alba los soldados fusilan prisioneros,
los vencidos excavan con sus manos sangrientas
las tumbas que más tarde recibirán sus cuerpos.

Él se corta las uñas, se compra un traje nuevo.

En El lugar del hombre, 1965

EL POETA MODESTO
Quisiera escribir
para mí mismo y para unos pocos amigos
y hacer que cuando mis poemas
sean olvidados
como ya algunos lo han sido
como todos lo serán algún día
sea esto una pequeña injusticia.

En El lago de los signos, 1978

ENIGMA
Piel de manzana
Transparencia de uva.
Pero hueles a rosa.

En El tres siempre es mágico, 1981

ENRIQUE DE RIVAS

DEDICATORIA
En la herencia del día he despertado,
súbitamente,
ileso:

una concha de luz entre las manos.

Es para ti, el del rostro cansado
que estás en el secreto.

De En la herencia del día, 1966

la lid
la signoria
iza
banderas
de luz
en liza
almenas
y azul
silencio de la nieve
de abajo
viene
el eco
del espejo
más
alto

En Tiempo ilícito, 1980

2.4
Memoria, espejo tierno de las horas cumplidas,
secreto corazón del reloj de los sueños,
devuélveme la sombra de los reflejos míos
y guárdate el reflejo de las sombras sin dueño.

En El tiempo y su sombra, 1985

FEDERICO PATÁN

CUANDO VUELVE
Amo el color de tus atardeceres,
y tu piel que suaviza el roce leve
del viento, cuando su risa cruza
el breve silencio que nos teje.

Amo el lento vivir de tu sonrisa,
y el aire preocupado de tu cuerpo,
que quiere y que no quiere tener prisa.

Amo el blanco sonido de tu cuello
y el primordial deleite de tus manos.

Y amo tus ojos, cuando más cercanos,
y amo tu amor lejano
cuando vuelve.

En Del oscuro canto, 1966

SIETE LÍNEAS
De fantasmas el tiempo se asemilla.
De fantasmas.
Pulidor de rectángulos y losas,
El calmo tiempo invierte la ruptura
Y la vejez se asoma ojos adentro,
Donde el niño de ayer cierra el paisaje,
Pretendiendo que el futuro lo mira.

LABERINTO
Supongamos un hilo sin paredes
señalando un camino que no existe
y un héroe sin el monstruo
al cual la espada dirigirle
y al otro extremo el llanto
de una joven
sin héroe en quien dejar el hilo aleve
y a partir de la nada
de la imagen
soñemos.

En Dos veces el mismo río, 1987

NURIA PARÉS

(Fragmentos)

II

Esta voz, que no es mi voz,
con la que hablo y me río,
que habrá de seguir en mí
y habrá de acabar conmigo,
esta voz, que no es mi voz,
que está robándole el sitio
a esa voz que yo me sé
cantando sonidos vivos…
Esta voz, que no es mi voz,
¿habrá de acabar conmigo
sin que la otra voz, mi voz,
pueda surgir de su olvido?

IV
¿A quién diré mi cantar?
Madre, si cantar no puedo
En alta voz
¿a quién diré mi cantar?
¿A quién diré mi cantar,
madre,  si el cantar es quedo
porque las palabras tienen
ante su sonido miedo?…
¿A quién diré mi cantar?
¿A quién diré mi cantar,
madre, que escuche el silencio?

XXIII
Un muelle solitario
en una noche negra.
Cae una lluvia tibia
sobre la paja seca
y un fanal en un barco
finge una glauca estrella.
Entre las cajas con olor a campo
otro yo, que es mi sombra, curiosea.

XIV
¡Figuras diminutas en el muelle!
Blancas camisas sobre piel morena,
nostálgicos veleros de otros tiempos…
¡Tarde del trópico difuminada y quieta!…
Una carreta rechinando pasa
y un perro, sucio y flaco, que se empeña
en romper la armonía de la tarde
ladrando detrás de ella.

En Romances de las voz sola, 1961

CAL
Tu imagen  es un  muro
enjalbegado y terso,
toda la resolana
lo baña por entero.
En él nunca la tarde
se dorará un momento,
nunca la luna blanca
quemará su misterio.
Un muro enjalbegado
sin jardín y sin huerto;
un muro blanco, erguido,
sin coto y sin objeto,
un muro asoleado
como una valla al viento.
Tu imagen como un muro
enjalbegado y terso…
al volver a mi sombra
los ojos traigo ciegos.

En Canto llano, 1959

JOMI GARCÍA ASCOT

DESPUÉS
Algún día, cuando haya terminado
toda esta agitación que es el vivir,
bajo una brisa fresca de mañana
yo ya no estaré aquí.

Quedarán en la brisa breve tiempo
el soplo del amor que una vez tuve,
ciertas palabras, que tardarán más en desaparecer,
un acomodo del aire por sitios en que pasaba,
un alejarse lento de cosas que miraba.

Y después
nada.

ESPERA
Esta espera tierna, descontada del tiempo
gota agota,
mientras la tarde acaba
se enciende tu sonrisa por mi pecho.
Oh tan delgado rayo de alegría
que puedes separar mi noche y día
y poner en los párpados del aire
un cielo azul que curva el horizonte,
un vuelo, la distancia
que recorre una alondra en la mañana.

NO QUIERO LA ESPERANZA
No quiero la esperanza, no la quiero
con sus hormigas brillantes
que nos roen
con su terrible vuelo desatado
sus fulgurantes horizontes
su sangre roja y dulce
mientras se desmoronan sin sonido
los grandes muros y las altas torres.
No, no quiero la esperanza
porque entre los escombros y el suspendido polvo
de los grandes derrumbes
no quiero una vez más quedar de pie
como un niño idiota
con los ojos de yeso
y una flor en la mano para nadie.

En Un modo de decir, 1975

TOMÁS SEGOVIA

PREGUNTA TONTA
La noche cae
sobre  el cielo;
el cielo cae
sobre el cielo.
¿Por qué cuando anochece
se nos acerca el cielo
y crece?

MEDIA LUNA
Como yo, va buscando
su otra mitad desconocida
la media luna
por su medio cielo.

CON ELLOS
Muere sollozando el día
con un grito de su sol.
(Con el día,
Muero yo.)
Y llega la luna y sueña
con una imposible flor.

FE
Hoy sólo sé que olvidé.
—Y que tú eres alto, cielo…

En País del cielo, 1982

EL AMOR PRISIONERO
Llevo un amor tan hermoso
como un mar dentro del pecho.

Llevo un amor como un mar
en el pecho prisionero.

Llevo el mar de un gran amor
y no encuentro en qué ponerlo.

¡Tanto cielo, tanto cielo,
y mi amor prisionero!

COMO LÁGRIMAS
El tiempo es un río que corre,
como mis lágrimas,
y que abre flores y sueños,
como mis lágrimas.

El tiempo es un río que corre
desde mi pecho a la tierra.
Como mis lágrimas.

DESGANA
¿Qué tienes hoy, alma mía,
que soy yo el que tiene que tirar
de ti, como se tira
de esas ilusiones antiguas,
gastadas ya,
que no sabemos enterrar?
¿Qué tienes hoy
que sólo quieres ser —¡qué poco!— mía?

POESÍA
Tú, Poesía, eres,
como la muerte, la insospechada eterna.
Muchas veces te he visto y me has guiado,
eres tú lo que siempre estoy esperando
que el Tiempo turbio me deje,
al pasar, entre los brazos:
¡y todas las veces cuando llegas me sorprendes
como si fuera la primera!

LATIDOS
Ensordecido en medio de este viento
árido y de iracundia
que agostaría el mundo,
sonrío de saber que aún palpitas
aunque ya no te escucho,
sonoro corazón que amenazado
danzas en las tormentas…

SOUVENIR
A solas en mi cuarto
Busco en la oscuridad
Un eco de tu nombre
Estoy de pie desnudo
Camino y siento esto
Adentrarme desnudo en una sombra
Acogedora y ávida y a eso
Yo lo he llamado siempre con tu nombre.

DIALÉCTICA
También yo
desigual mía
Sobre un difícil sendero movedizo
Y siempre precariamente
Tentado y con terror y torpe esquivo
El peligro de tenerte
Sin que tú me tengas
La trampa de meterme
Donde no me hayas tendido ya una trampa.

En Poesía (1943-1997), 1998

Referencias

Cesar Rodríguez Chicharro, Aguja de marear, México, UNAM, 1973.
Gerardo Deniz, Grosso Modo, México, FCE, 1988.
Jomi García Ascot, Un modo de decir, México, UNAM, 1975.
José Pascual Buxó, Lugar del tiempo, México, UNAM, 1974.
Julio C. Treviño, Antología Mascarones. Poetas de la Facultad de Filosofía y Letras, México, UNAM, 2010.
Luis Rius, Verso y prosa, México, FCE, 2011.
Susana Rivera, Última voz del exilio, Madrid, Hiperión, 1990.
Tomás Segovia, Poesía (1943-1997), México, FCE, 1998.


[1]  Todo lo puede el tiempo con su callado paso, salvo mitigar las cuitas de mi destierro” (Ovidio, Tristia, IV, elegía 6, vv. 17 y 18).

[2] El espíritu de esta posición puede el lector encontrarlo retratado en aquella canción de Enrico Macias que dice: «J’ai quitté mon pays, j’ai quitté ma maison/Ma vie, ma triste vie se traîne sans raison/J’ai quitté mon soleil, j’ai quitté ma mer bleue/Leurs souvenirs se réveillent, bien après mon adieu/Soleil, soleil de mon pays perdu…».

[3] Ninguna tierra es un destierro, sino una nueva patria (refrán latino). Los filósofos antiguos le dedicaron un considerable número de páginas al asunto del exilio, buena parte de ellas fueron recogidas en el siglo XIX por Alfredo Giesecke en su De Philosophorum Veterum quae ad Exilum spectant sententiis, libro que aún no ha sido traducido al castellano.

[4] En De exilio [traducción latina del griego Perì Phygês], allí despliega todos los tópicos del exilio que hasta ese momento se conocían. El conocimiento de estas doctrinas puede ser, para el hombre moderno, asaz provechoso. No tengo la menor duda.

[5] Hay un refrán popular en México que condensa como ningún otro esta idea. Dice así: «El que es perico, donde quiera es verde».

[6] Sén., Ep. 66, 26.

Anuncios